Entiendo las preguntas que hago,
y las preguntas que me hacen,
pero no entiendo las respuestas.
Mis hijos duermen.
La casa es fría.
Es demasiado tarde para dormirme
y demasiado pronto para acostarme.
Pero emborrono cuartillas,
sin saber porqué o para quien.
Mi sombra hace años que salió
a comprar el periódico y no regresó.
Mi alter ego adolescente hace tiempo que emigró
rumbo a la tierra de las valquirias.
Le iban las rubias de ojos azules…
Yo, humildemente, reconozco
no haber sido nunca tan selectivo
en cuestión de gustos femeninos.
Mi perro hace años que murió.
Supongo que andará correteando
en el paraíso destinado a las buenas almas caninas.
Me vendría bien ahora un doble de oxigeno,
me cuesta un poco respirar.
Busco en mi memoria
e intento hallar un rescoldo de orgullo,
pero soy pasajero de un poema sin destino.
Ignoro si soy o no soy el escribano,
He reinventado mi vida en vano demasiadas veces.
Me pregunto si alguna vez el mar
podrá alcanzar la cumbre más alta
e incluso la estrella más cercana.
La respuesta es tan obvia:
un hombre acabado no es el que llega a su fin,
sino el que no es capaz de dar con el final adecuado.
Y dado que yo solo existo en lo que escribo,
es preferible no seguir haciéndolo,
ya que los errores, incluso sobre el papel,
huelen demasiado a uno mismo.
MARIO BRONTE
(Derechos reservados de Autor)
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