Cortazar decía: "no hagamos el amor, dejemos que el amor nos haga".
Pero no es nuestro caso. Nosotros no hacemos el amor, saqueamos con nocturnidad en la patria del cuerpo ajeno. Cuando se quiebra la cripta de la noche y las primeras luces de la alborada se filtran, nuestras miradas atónitas pueden ver las resquebrajaduras y desconchones en las paredes de piel y músculo.
Una vez más los dos perdedores derramamos alguna furtiva lágrima.
Sin otro norte que el de la soledad compartida nos volvemos a convertir en apátridas de un paraíso demasiado lejano.

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