Ella se crispaba cuando oía el ruido de la llave en la cerradura. Sabía
muy bien lo que venía a continuación. Siempre el mismo ritual: el eco
de su propio nombre, los insultos, los reproches, las amenazas y todo lo demás…
Aunque nunca hacían el amor, él la “utilizaba sexualmente” con
frecuencia. Después se dormía plácidamente. Acostada a su lado le
miraba durante toda la noche. ¿Era éste el hombre del cuál creyó estar
enamorada? ¿Era ella la mujer ilusionada que creyó alcanzar las
estrellas a golpe de latidos? Esbozó una leve sonrisa. Después de todo sí había alcanzado las estrellas: daban vueltas a su alrededor tras cada
sinfonía de manos y puños contra su cuerpo y su cabeza.
Hacía
mucho tiempo que era incapaz de dormir. Sin embargo las pesadillas
siempre estaban presentes. No habían tenido hijos y, ahora, se alegraba
de ello. Esta noche se encontraba más insomne que nunca. Se levantó lentamente de la cama mientras se preguntaba que hacía aquél cuchillo de
cocina clavado en el pecho del hombre. Después se duchó
meticulosamente, se perfumó, se vistió, llenó la maleta ocre (tanto
tiempo inactiva), y le miró por última vez.
Mientras descendía en el
ascensor silbando la melodía "Desayuno con diamantes", aún se preguntaba
cuanto tiempo podía tardar un cerdo en desangrarse.
MARIO BRONTE
(Derechos reservados de Autor)

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