martes, 22 de enero de 2013

DÍA DE CINE

Eran las cuatro de la madrugada. El viaje había comenzado. Iba en busca de su último paraíso artificial. Los pisos iban pasando raudos uno tras otro. Su cuerpo desnudo relucía con fulgores insospechados. Sólo un diminuto camisón blanco con corazones bordados del mismo color era su único toque de sofisticación. Nada más ni nada menos que uno de los últimos modelos de Dior. La coquetería, al fin y al cabo, era un desliz no sólo permisible en una mujer fetichista, sino también obligatorio en una mujer de su posición social.
Las nubes parecían apartarse a su paso. Aún tenía tiempo de percibir con claridad un cierto olor a almizcle y derrota, en cada una de ellas, al ser atravesadas. Abajo, el asfalto, cada vez más cercano.
A lo lejos, alguien cantaba; un borracho, sin duda:

“Dejaré esta rosa en el abandono
el abandono está lleno de rosas...”

Desde una ventana iluminada, un hombre la miraba con sorpresa. Pronto quedó atrás. El viento silbaba estridente en sus oídos.
Sentía como su corazón latía cada vez con más violencia. La adrenalina circulaba torrencialmente por sus venas. Todo pasaba vertiginosamente a su alrededor.
¡Era tan emocionante!
Nunca había sentido nada parecido, ni siquiera con la coca.
Le pareció escuchar un grito cuando su vuelo sin alas ni motor concluyó.
El viaje había llegado a su fin.
La soledad, su inseparable amiga de siempre, también la había abandonado sin despedirse. Como él había hecho, recientemente, después de treinta años de ausencias compartidas. Se había cansado de atardecer junto a ella. Habían agotado todos los sueños.
—La vejez no es un azar, ni siquiera una certeza —pensó—, sino una saturación de rutina y tedio.
Miró hacia lo alto del edificio que se elevaba orgulloso sobre su cabeza.
Había sido una caída espectacular.
Era curioso. Siempre le había fascinado el cine y su lenguaje peculiar: los fundidos, los encadenados, los travellings, los picados, los contrapicados... Y ella había sido, al menos por una vez, productora, guionista, directora, y actriz de su propia película. Sin dobles, ni especialistas. Y sin cortes de las distribuidoras.
No tenía sed. Su boca estaba especialmente húmeda. Especialmente salada. Y entre los dientes sujetaba suavemente una rosa roja. En otras partes de su cuerpo habían empezado a florecer innumerables rosas rojas.
—El abandono está lleno de rosas —susurró, antes de dormirse.


MARIO BRONTE
(Derechos reservados de Autor)

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