Soy un peregrino entre el infinito y la nada que siente un
cariño especial por los trenes que no van a ninguna parte.
Su paso por las herrumbrosas vías dejó surcos en la arcilla
de mi cuerpo.
Envejecimos juntos. Lloramos y reímos juntos.
Aún lloro por las desconocidas con las que me crucé en las
viejas estaciones
difuminadas en el devenir del tiempo. ¿A que lugar fueron
sus voces y sus enigmáticas sonrisas?
Los trenes, recorriendo los ramales abiertos, abrazaban los
cuatro puntos cardinales.
¿Cuándo se volvió invisible la belleza de los innumerables
paisajes recorridos?
Perdida su magia del ayer y su razón de ser agonizan
melancólicos en el cementerio de los trenes, bajo la única luz de las estrellas.
Ellos y yo hoy sólo somos siluetas solitarias, sombras bajo
la rojiza penumbra del crepúsculo. Ausente la esperanza, la última ascua de sol
se apaga.
Tal vez por eso soy un peregrino entre el infinito y la nada
que siente un cariño especial por los trenes que no van a ninguna parte.
MARIO BRONTE
(Derechos reservados)

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