Desde niño me gusta el mar. Sus traviesos movimientos, sus
sonidos, su olor a salitre y yodo, su espuma blanca, el griterío alborozado de las gaviotas sobrevolándolo, el vaivén interminable de las olas, y, sobre todo, su gran generosidad.
Siempre me devuelve todas las palabras, todos los versos, todas las miradas,
todos los ecos, todas las lágrimas. Y nunca me deja un abrazo sin devolver.

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