La memoria es paisaje huidizo. En
sus difusos límites, proyecta en la mirada melancólica del espectador romántico,
o del que es fiel a ese paisaje, las sombras de otros tiempos que sólo existen
como reflejo de sí misma ante un amanecer irrepetible. Esa fidelidad acaba
enfermando al corazón del hombre, completamente inerme ante sus intemporales
espejismos. Los recuerdos se convierten en fantasmas autodestructivos y de nada
sirve la banal pretensión de retornar al punto de partida porque, aunque el
paisaje de la memoria y de la realidad fueran coincidentes, la mirada del
caminante nunca volverá a ser la misma. Su forma de ver, percibir y decodificar
la realidad y los sueños fluctúa a cada instante como las procelosas aguas del
mar. Esa es su grandeza y su tragedia.
MARIO BRONTE

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