Hay días rojos en que la película de mi vida deja de proyectarse en color.
Hay días rojos en que mi mirada se oscurece y siento que mi sangre hierve abrasando mis venas, mis arterias, mis entrañas, mi piel...
Son esos días en que de forma apremiante tengo la necesidad de volver a mi esquina habitual. Ella me recibe siempre sin preguntas ni reproches. Allí me siento en el suelo con la espalda apoyada en el muro y extiendo mi mano. Si algún alma
caritativa me arroja una moneda le ofrezco mi mejor sonrisa. Otras veces me dejo alquilar por minutos o por horas. Cuando regreso a mi habitáculo, me siento mejor conmigo mismo porque una vez más he comprobado que nadie puede ni podrá nunca volver a herirme.
MARIO BRONTE
(Derechos reservados)

No hay comentarios:
Publicar un comentario