No cierres los los ojos, adorada quimera,
porque renazco en ti cada día.
En medio de tanta soledad,
mi alma se ha poblado de tus gestos,
de tus palabras de fértil resina desbordada,
de tus risa, música etérea de Stradivarius,
de remolinos de hojas arrastradas por el viento,
de viajes interoceánicos, archipielagos,
cáscadas y cordilleras verdes,
mientras me susurras al oído
secretos desvelados en la incandescencia de la luz.
En medio del más ominoso caos
todo tiende a consumirse
lapidado por la ausencia y la muerte,
menos la calida oquedad de tu regazo marino
en el que se refleja el arco iris tras la lluvia.
En él recuesto mi cabeza y me desconecto del horror cotidiano.
En él naufrago y me convierto en sombra de tu sombra
¡oh, amor con manos de adolescente enredadera
y ojos de brillo húmedo y asombro!
Hay miradas que matan y resucitan a la vez.
Hay miradas cargadas de preguntas sin respuesta.
¿Qué piensa de mí la imagen que me contempla?
No me respondas, por favor,
porque no hay nada que me de más miedo
que verme envejecer en tu mirada.
Así que perdona el egoísmo, te quiero.
Nada es en mí como era desde que me viste.
No cierres los ojos.
MARIO BRONTE
(Derechos reservados)










