Me fascina la belleza de la
forma y el gesto,
la magia sublime del arte
intemporal,
la inconstancia del amor infierno o paraíso,
la libertad rebelde de las lágrimas derramadas
e intentar comprender las preguntas propias o ajenas
aunque no sepa las respuestas.
Me desconcierta no encontrar un dios
en los caminos, en las multitudes, en las esquinas,
la inconstancia del amor infierno o paraíso,
la libertad rebelde de las lágrimas derramadas
e intentar comprender las preguntas propias o ajenas
aunque no sepa las respuestas.
Me desconcierta no encontrar un dios
en los caminos, en las multitudes, en las esquinas,
en la literatura, en el álgebra,
en la razón lógica de la materia,
en la sinrazón inteligente de lo abstracto.
Un dios de la existencia o de la inexistencia,
un dios narrador o un dios testigo,
un dios de la memoria o un dios del olvido,
un dios omnisciente o un dios inerme.
Me asusta la inexorable fragilidad
en la razón lógica de la materia,
en la sinrazón inteligente de lo abstracto.
Un dios de la existencia o de la inexistencia,
un dios narrador o un dios testigo,
un dios de la memoria o un dios del olvido,
un dios omnisciente o un dios inerme.
Me asusta la inexorable fragilidad
de sentirme humano en el
devenir de la historia,
y de sentirme infrahumano urdido rumbo
y de sentirme infrahumano urdido rumbo
a la eterna amalgama de la
melancolía.
El otoño de las hojas del
calendario
da solemnidad a lo minúsculo
del ser
ante el viento enfurecido que
aúlla en los túneles del alma,
El movimiento pendular de las
mareas
y el cíclico devenir de las fases de la luna
promueven con su arrebatador
carácter transitorio
una carcoma de pereza
suicida.
Todo se llena de monótona
mediocridad.
El infructuoso aprendizaje de
estar vivo
y la cercanía del fin no nos
otorga privilegios.
La ignorancia y el miedo siguen
siendo
nuestros más fieles acompañantes
mientras nos dirigimos
sonámbulos
hacia la oscuridad de la
noche.
Todo está quieto y
silencioso.
Sólo las olas van y vienen
sin cesar
indiferentes a la ancestral
fábula de la resurrección.
No me quedan sueños, ni
lugares, ni nombres.
Sentado ante mi mesa,
escucho la agonía del papel
en blanco
fabricando infructuosamente
palabras de humo
que no son ni siquiera
señales.
Con el correr del tiempo,
a medida que me desvanezco
y mi imaginación se desdibuja en la nada,
siento la eterna levedad de mi ser.
MARIO BRONTE
(Derechos reservados)
a medida que me desvanezco
y mi imaginación se desdibuja en la nada,
siento la eterna levedad de mi ser.
MARIO BRONTE
(Derechos reservados)
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