domingo, 24 de marzo de 2013

LA ETERNA LEVEDAD DE MI SER


Me fascina la belleza de la forma y el gesto,
la magia sublime del arte intemporal,
la inconstancia del amor infierno o paraíso,
la libertad rebelde de las lágrimas derramadas
e intentar comprender las preguntas propias o ajenas
aunque no sepa las respuestas.
Me desconcierta no encontrar un dios
en los caminos, en las multitudes, en las esquinas,
en la literatura, en el álgebra,
en la razón lógica de la materia,
en la sinrazón inteligente de lo abstracto.
Un dios de la existencia o de la inexistencia,
un dios narrador o un dios testigo,
un dios de la memoria o un dios del olvido,
un dios omnisciente o un dios inerme. 
 Me asusta la inexorable fragilidad
de sentirme humano en el devenir de la historia,
y de sentirme infrahumano urdido rumbo
a la eterna amalgama de la melancolía.
El otoño de las hojas del calendario
da solemnidad a lo minúsculo del ser
ante el viento enfurecido que aúlla en los túneles del alma,
El movimiento pendular de las mareas
y  el cíclico devenir de las fases de la luna
promueven con su arrebatador carácter transitorio
una carcoma de pereza suicida.
Todo se llena de monótona mediocridad.
El infructuoso aprendizaje de estar vivo
y la cercanía del fin no nos otorga privilegios.
La ignorancia y el miedo siguen siendo
nuestros más fieles  acompañantes
mientras nos dirigimos sonámbulos
hacia la oscuridad de la noche.
Todo está quieto y silencioso.
Sólo las olas van y vienen sin cesar
indiferentes a la ancestral fábula de la resurrección.
No me quedan sueños, ni lugares, ni nombres.
Sentado ante mi mesa,
escucho la agonía del papel en blanco
fabricando infructuosamente palabras de humo
que no son ni siquiera señales.
Con el correr del tiempo,
a medida que me desvanezco
y mi imaginación se desdibuja en la nada,
siento la eterna levedad de mi ser.

MARIO BRONTE
(Derechos reservados)


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