— ¡No te duermas…! —me advierte el hombre.
— ¡No, para nada…!
No hay elección. Por lo menos “la tumba-cama” se me antoja menos gélida que en otras ocasiones y compartirla con alguien amable me resulta novedoso.
— ¿María, eres peruana?
—Así es. Ya te lo dije antes.
—Es verdad, me lo dijiste… —me mira fijamente antes de soltar una carcajada—. Sois como mares de arena, pero tú eres especial, aunque seas una muerta de hambre. Eres demasiado hermosa para ser peruana. Una puta que no lo parece le añade un morbo especial al asunto, y tú tienes cara de virgen. Aunque tu piel sea demasiado oscura para mi gusto.
Trato de desnudarme lo más rápido posible evitando mostrar ciertas partes de mi cuerpo. Una vez más, mientras siento la penetrante punzada entre mis piernas, intento aferrarme al recuerdo de los seres queridos que han quedado en Lima y lo importante que es para ellos el dinero que les envío. Pero hoy no me sirve de nada. Todos están como ausentes. O, tal vez, sea la inmensa nostalgia que siento de la María que yo deseaba ser cuando aún no era más que una niña; o de la que un día decidió convertirse en una inmigrante ilegal en busca de un presente más esperanzador en la Madre Patria.
De repente, noto que tiran de mí con cierta brusquedad al tiempo que algo caliente y pegajoso comienza a chorrear por mis muslos. El hombre me reprocha mi pasividad y me dice que me va a pagar sólo la mitad de lo acordado. Cedo por no discutir. No tengo fuerzas ni ánimos para ello. Me siento sucia. Salimos a la calle y cada uno se va por su lado.
Al apearme del autobús, menos de doscientos metros me separan del minúsculo y destartalado habitáculo en el que malvivimos Tamek y yo. Siempre me cuesta horrores no poder prometerle que “es la última vez” y que no volveré ninguna noche más a mi esquina de la Avenida del Puerto. Cada vez que me encuentro en ella, me gustaría ser invisible; que el pavor de ser descubierta nuevamente, con esa mirada de adolescente asustada, me hiciera inexistente ante los ojos de los lascivos clientes; intangible para todos los seres para los que yo soy un objeto desechable de uso fácil. Sólo el amor y la compañía de mi amado Tamek me redime. Él llegó a esta ciudad al poco tiempo después que yo: igual de perdido, hambriento y asustado. Un día apareció en mi vida como un relámpago. Acababa de comenzar a trabajar en un restaurante árabe repleto de interminables bobinas de carne. Allí le conocí. Sin ser guapo me fascinó de inmediato su ternura con la carne —que más tarde haría extensiva a mi propia carne—, la penetrante mirada de sus negros ojos, y su dulce sonrisa de poeta. Esa misma noche hicimos el amor por primera vez y, antes de una semana ya estábamos viviendo juntos. Tamek, mi adorado marroquí. Como añoro en tu ausencia tus besos impregnados de hierbabuena, albahaca y especias. Ahora, mientras subo las escaleras sé que en escasos instantes me volveré a encontrar entre tus brazos y la luz del sol disipará por completo las tinieblas.
Me llamo Tamek Hamadi. Hace ocho meses que llegué a la costa granadina procedente del puerto de Larache. Tres mil euros fue el precio que tuve que pagar a “ciertas personas”, para huir de la miseria. Al poco me trasladé Valencia y aquí me quedé. Sé que tengo treinta y dos años y María sólo diecisiete, pero no concibo ya mi vida sin ella. Conocerla es lo mejor que me ha ocurrido en muchos años. Sólo tengo que murmurar su nombre para que toda la suciedad del barrio en que habitamos desaparezca, y para que los olores resultantes de la putrefacción de residuos de alimentos baratos, orines, excrementos de perro y humedad, dejen de ser tan insoportables. Sólo tengo que evocar su rostro o el cálido tacto de su piel para que los rostros de los demás dejen de parecer hostiles y amenazadores. Pero no soporto que otros hombres la envilezcan. He intentado infructuosamente que deje de prostituirse.
—Para eso, es preferible que regreses —le dije un día.
—No regreso tan muerta de hambre y derrotada como vine. ¡Eso, nunca!
—Además, no es tan malo regresar —le volví a insistir.
—No quiero perderte ¡Carajo! —fue lo último que dijo. Dio por terminada la conversación y en su mirada leí su firme propósito de no volver a hablar jamás de aquél asunto.
Al volver del trabajo, atravieso el Barrio del Carmen a toda prisa para intentar llegar cuanto antes; y, aunque es el camino más corto, se me hace interminable. Sé que ella ya estará en casa aguardándome. Nunca llega más tarde de las cuatro para coincidir conmigo.
Enfrascado en mis pensamientos no los veo hasta que prácticamente choco con el grupo de jóvenes rapados, que inmediatamente me rodea.
— ¡Eh, tíos! —dice el que parece ser el líder— Seguro que este moro hijo de puta es un ladrón y un yonqui como todos los cabrones que atraviesan el Estrecho; uno de los que nos quitan el trabajo y follan a nuestras mujeres creando una raza de mestizos y bastardos.
Me parece que el que habla es terriblemente joven —quizá de la misma edad que María—, y que está lleno de ira y de odio. Sé que si respondo de alguna manera a toda aquella retahíla de improperios e insultos, con mi limitado español y mi fuerte acento francés, las cosas aún empeorarán más. Así es que sin poder ocultar el miedo que siento, claramente visible a través de los acentuados temblores de mis piernas, decido permanecer en silencio hasta que se calmen o, tal vez, por si en un descuido puedo abrirme paso y aprovechando mis potentes zancadas soy capaz de sacarles distancia y escapar de ellos, como haría mi ídolo El Guerrouj*. Si pudiera hacerles comprender que no soy su enemigo…
Hay que darles un buen escarmiento a estos moracos para que dejen de venir a tocarnos los cojones —añade otro.
Sin saber como, me encuentro corriendo como una fiera perseguida a toda la velocidad que me dan las piernas bajo el manto oscuro de la noche. Pero mis perseguidores cada vez están más cerca y sé que si me alcanzan nunca más volveré a ver a María y mi viaje habrá llegado a su fin.
—María, sólo tu recuerdo me da fuerzas para seguir corriendo, pero ya siento su respiración abrasándome la nuca…
Mientras, la mujer da vueltas nerviosamente de un lado a otro de la casa, intentando inútilmente tranquilizarse:
—No puede tardar en llegar. Nada malo puede ocurrirle a un hombre que ha sido capaz de atravesar el Estrecho y todos los sueños del mundo en patera… ¡En este país, no!
El cuerpo de Tamek no sería descubierto hasta la mañana siguiente. La noche siempre es demasiado inmensa para una mujer sola en el exilio…
(*Hicham El Guerrouj es un extraordinario atleta marroquí especialista en pruebas de mediofondo. Plusmarquista mundial de 1.500 metros, de 2.000 metros y de la milla, y fue campeón olímpico en Atenas 2004 en 1.500 y 5.000 metros.)
MARIO BRONTE
(Derechos reservados)

Bello y a la vez triste el relato .. estremecedor .. Fiel reflejo de lo que sufren tantas personas ..
ResponderEliminarUn cálido abrazo
Gracias Aris por leer y comentar mi relato. Efectivamente es un fiel reflejo de una realidad estremecedora que afecta a gran parte de los inmigrantes de una u otra forma, aunque no terminen de una forma tan trágicamente estremecedora como a los protagonistas de la historia.
EliminarUn gran y fraternal abrazo.
Mario, es la triste realidad de nuestra gente buscando un mundo mejor y se encuentra en situación ilegal en otro países y se van a parar en los barrios bajos, donde hay muchas delincuentes y llegan a un triste final...es estremecedor y triste tu relato y se asemeja a la realidad es excelente el escrito.
ResponderEliminarComentario de Rosa Maldonado.
Querida Rosa, es un placer y un privilegio tu visita a mi morada literaria; igualmente tu comentario sobre mi relato. Efectivamente responde a una estremecedora realidad que afecta a gran parte de los inmigrantes. Crueles y deshumanizados tiempos les y nos ha tocado vivir. Ojalá cambien pronto para bien de todos!!
EliminarUn abrazo grande.
Mario, felicito tu oficio por haber sabido volcar al papel emociones y sentimientos tan profundos. Lo lograste, y eso no es fácil!
ResponderEliminarMaría.-
Gracias María, por honrar mi morada literaria con tu presencia. Aquí tienes tu casa y serás siempre bienvenida. Me alegra que te guste este estremecedor y duro relato que responde a una cruel realidad que les toca sufrir a los inmigrantes en un mundo cada vez más deshumanizado e insensible. Gracias por tu elogioso comentario.
EliminarUn abrazo.
PD: Parece que por fin puedo responder a los comentarios. ¡Toco madera!