La puta de aquella noche se
parecía a la mujer que acababa de romper nuestra relación después de casi dos
años. Yo había entrado en el night club para vengarme un poco de su recuerdo
imborrable. Laceré sus labios a mordiscos y ensucié su cuerpo con saliva y
esperma. Follamos varias veces, porque cada vez que lo hacíamos sentía que me
sacaba un puñal de mi corazón. Su piel era tersa y calida; su vagina,
palpitante y acogedora. Mientras depositaba unos arrugados billetes sobre la
mesita de la habitación, le pedí que me describiese la felicidad. Ella masculló
algo que no entendí mientras unas lágrimas brotaban de sus ojos. Luego emitió
algo así como un rugido, o a un aullido de perra en celo. Sentí algo parecido a
la piedad y al remordimiento. Salí del night club sin mirar hacia atrás
sintiéndome sucio. Conforme pasaban las horas se iba acentuando en mí una
evidencia: la puta era mucho mejor de lo que tú y yo jamás llegaríamos a ser.
Pensé más de una vez en volver a verla, pero no lo hice. No estaba a su altura.
Me limito a soñar con ella, mientras tu imagen se desdibuja por momentos.
MARIO BRONTE
Derechos reservados
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