Una muchedumbre funeraria de ruinas y escombros,
abarrota la pinacoteca del anhelo humano
ante la indiferencia de todos.
Se diría que juzgan nuestra decadencia
en su calidad de testigos espectrales
con la autoridad moral que les confiere
el estar de vuelta del ayer irremediable.
La belleza de los cuerpos tuvo su instante, y pasó.
El talismán poderoso del tacto de los dedos
sobre las pieles ajenas, dejó de surtir efecto
y el antaño poderoso sexo sufre hoy el trágico desdén
de un tiempo impío.
Así, ajenos a toda mirada fortuita o intencionada,
y tan estériles como la caída de las sombras,
¡qué desiertos los hombres y las mujeres!
No hay caricias sobre la carne interrogante,
porque el deseo inspira preguntas sin respuesta.
Sin vientres fecundados por simientes de esperanza
nadie escucha ya el quejido del viento bajo una decrepita luna.
La tiniebla primaria se adueña de todo.
La asunción del error de estar vivo despierta a la perezosa
muerte.
Hasta el ciprés agoniza a causa del verdadero pecado original: el
desamor.
MARIO BRONTE
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