No basta el amor para ensayar el canto del retorno.
Hay cansancio de tierra. Silencio de bosques.
Placidez de cementerio.
Tal vez el tiempo agoniza,
pero la eternidad nunca duerme: simplemente medita.
Las heridas infectadas con sueños imposibles
y la urgencia de caricias de las pieles ateridas
son sólo un proyecto de sombras en futuro imperfecto.
Sólo la luna menguante nos arropa hacia la madrugada
mientras exhalamos nuestras voces mediante sílabas
y tejemos símbolos de letra y papel.
¿Qué esencia sutil de las cosas plasmar?
¿Qué ideas deben sobrevivir al caos de la nada?
¿Qué nombre pronunciar cuando ya no queda nadie?
¿Cómo escalar las cumbres de la ausencia de uno mismo?
¿Cómo atravesar un muro de interminables espejos
sin convertirnos en estatuas de sal en el intento?
No basta el desamor para ensayar un simulacro de vida,
y la tiránica muerte no suele ser piadosa.
El silencio absoluto nos define y nos hermana con las rocas y las lagartijas.
Sólo queda en pie el rescoldo de la melancolía.
¿Para qué decir nada cuando no queda nada que decir?
MARIO BRONTE
(Derechos reservados)
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